Agarrada a mi maleta, con la sola compañía de una lágrima y apretando en mis recuerdos, esos limpios horizontes que dejaba.
Era un día como otro, sin relieve en el camino que cruzaba, sin perfumes misteriosos, sin la blonda de la falda almidonada.
Sin adioses con sortijas, sin sonar de las pulseras engarzadas, sin caricias lisonjeras, sin aplausos, sin suspiros ni palmadas.
Yo cruzaba aquel camino y mi mano a las espigas abrazaba y mis pies muy doloridos a las piedras del camino se apretaban.
Pajarillos y langostas, lagartijas, culebrines y chicharras se venían a mi paso, para darme con mi adiós una mirada.
Poco a poco fui dejando de mi tierra su llanura y su montaña, sus perfumes a romero, la frescura de sus tierras bien labradas y esa encina gigantesca que su sombra al caminante le derrama y ese azul de cielo limpio, transparente como arroyo entre montaña.
Hoy respiro en el asfalto y edificios que aprisionan la mirada, gigantescos y podridos torreones cual colmenas habitadas.
Y me duele ya la sangre de esta espina que en el pecho me taladra y se hunde lentamente por las células rebeldes de mi alma.
Oigo el silbo de los vientos que me trae aquel aroma de la Mancha y me dice dulcemente que me esperan sus llanuras ensanchadas, que me esperan los molinos con sus aspas a los cielos levantadas, que me esperan las estrellas fulgurantes como aquellas noches claras.
Que la luna se ha asomado, de los cielos a su espléndida ventana, a mirar por los caminos porque cree que está ya cerca mi llegada.
Y yo aquí vivo soñando, con mil sueños de ilusión y de esperanza, recogiendo entre suspiros todo el aire de mi tierra enamorada.
Y lo aprieto con mi pecho y me baño con la espuma de sus alas. y mi risa se hace llanto que me asfixia, que me ahoga, que me abrasa.
Soñando, que voy soñando, caminos de tierra blanca; soñando, que voy soñando, con nostálgica añoranza. Soñando con tus llanuras, con tus pobres casas blancas, con tus olivares verdes, con tus campiñas doradas.
Soñando, que voy soñando, fuera de mi tierra amada, y el corazón lleva sombra sin la luz que tú le dabas. Y cuando llega la noche, con la cabeza en la almohada, apenas cierro los ojos el alma del cuerpo salta. Y sueño, sueño una noche y otra noche, noches largas, con aquel bello crepúsculo sobre largas lontananzas.
Sueño que sueño, mis sueños, sueños de mi tierna infancia en aquella casa humilde palpitante de esperanzas.
En aquel patio de piedras, donde la lluvia marcaba gorgoritos en los charcos que mis ojos contemplaban.
Con infantil fantasía, mil sueños se resbalaban por aquel limpio arroyuelo que alegre serpenteaba.
A través de aquel espejo, palacios yo adivinaba, enormes puestas de sol con ángeles que jugaban.
Sueño que sueño, llorando recuerdo aquella montaña por donde días felices mis pasos se deslizaban, y cogiendo con mis manos amapolas, preguntaba: ¿Será fraile?,¿Será monja?..., una ilusión desgranada; margaritas que el camino adornan como guirnaldas, una a una, de su cáliz los pétalos le arrancaba:
¡Dime que sí, o es que no!... ¡Ay, qué gran pena me daba si la margarita injusta de mis deseos negaba.
Soñando que voy soñando caminos de tierra blanca; soñando que voy soñando con nostálgica añoranza.
Está el aire que se ríe de contento contemplando los trigales y las flores. Sopla el aire que se cae de flamenco revisando los arados y las trojes.
Está el agua que se para sin aliento resonando, de la noche, a los albores, recorriendo sin obstáculos y a tientos las praderas, los trigales y los bosques.
Y esa brisa, que no tiene impedimento de correr y correr sin llanto o pena, sin que nadie se apodere de su aliento,
¡que sencilla, se pasea y qué serena;! ¡que perfume da a la rosa! y, alimento es de los pájaros, el crepúsculo y la aurora.
Me asomé por la ventana de su horizonte dorado... ¿Está dormida? ¿Está muerta?... Sola en silencio mirando, tendida con la mortaja del trigo seco en su mano.
El crepúsculo encendido parece un ascua brillando; los surcos, resquebrajados, sedientos de desamparo, alargan lengua de sed en las tardes del verano.
La fuentecilla está seca, los caminos empolvados, la encina sola, en silencio, le brota sudor y llanto de su tronco ennegrecido, bronco, roto y arrugado.
El sol rojo, enfurecido, que se alarga como el rayo vistiendo de oro y de fuego, de púrpura decorando las blancas paredes viejas de un caserío olvidado.
La tarde está sola... duerme la tierra a todo lo ancho; la esperanza se pasea con los brazos estirados; los sueños y las pasiones, sueltos, van jugueteando.
¿No hay nadie...? Nada responde, está el olivo roncando; las cepas, entre las sombras que les acurruca el pámpano, duermen su siesta al arrullo de canturreos de pájaros.
Y la tarde va alcanzando un éxtasis de letargo mientras hormigas caminan, una tras otra, llevando dorados granos de trigo a sus almacenes largos.
¡Despierta, tierra dormida, que se aproxima el ocaso y ya un vientecillo sopla, que al sol lo va desnudando!
La vida empieza..., la siesta ya se está desperezando.
Llovía..., recuerdo inusitado de aquellos bellos días, de una infancia dorada en aquel pueblo blanco de mi chica patria amada.
El invierno era hermoso y, en torno a la hoguera, mi padre y mi tío nos contaban historias de bandidos y guerras. Nuestros ojos brillaban por el miedo y la pena y, mirando la llama del fuego, mil imágenes flotan en ella. Y al chisporroteo de la chimenea, galopar a tropel mil caballos, parecían parar a la puerta.
¡Qué hermosa, qué bella fue para mí, entonces, la vida hogareña! Pasaban los días como por encanto; largas noches oscuras de invierno con la lluvia en el patio azotando. Y algún día, al ir a la escuela, con las ascuas en lata brillando, me encontraba las calles vestidas con capa de blanco.
¡Qué ilusión el pisar en la nieve, qué crujiente mi pie iba estrenando, y aquél aire tan puro y tan limpio, juguetón, en la casa azotando.
Guirigay de chiquillos, jugando y saltando, impacientes y fríos, en una gran fila el portón de la escuela apretando.
¡De recuerdos el alma está llena, con mi pluma se están escapando en el largo y feliz recorrido do mi mente se está recreando. Inocencia perdida..., amigos lejanos. ¿Dónde está aquella niña traviesa que su pie sacudía en los charcos?
¡Y aquellos veranos!... tan desnudos y llenos de espigas, la chicharra y el grillo cantando, y el olor a la paja y el trigo que en la era se estaba hacinando.
Aún recuerdo esas noches, todo el cielo de estrellas brillando y mis ojos, hundidos en ellas, una a una las iba contando. ¡Qué bonita que estaba la Luna con la sombra del árbol jugando! Y la gente, sentada a la puerta; la lechuza en la torre, mirando, y las mozas qué alegres reían cuando el mozo pasaba cantando.
¡Oh, vida sencilla de mi pueblo amado, te venero y te adoro fielmente!
Un relajo a mi cuerpo está dando sólo el recordar de mi vida, unos años lejanos. Adoro tus casas, tu torre, tus campos y tus calles desiertas de luces, que la Luna te lleva en sus brazos.
Reclinada en las húmedas piedras de aquel largo y hermoso sendero, con perfume de místicas flores, con olor a salvajes romeros,
con sudores que empapan la tierra, con suspiros que arañan al cielo, con palabras que salen temblando de unos labios que besan tu viento.
Van camino de tu ancha llanura, agolpados a tí, mis recuerdos, soy La Mancha, soy tierra sencilla, soy amor, soy trabajo, soy celo.
Soy los pueblos con puertas abiertas y estoy sola en mis noches de invierno, respirando el aroma de ausencia, virgen blanca, de tus muros viejos...
Inclinada a tu puerta oxidada voy a abrir con cautela el recuerdo, el chirrido de tus cerraduras ya me avisa que ha pasado el tiempo.
Solitaria, tu torre en las noches, con sus largas sombras tendidas al suelo, duerme el pajarillo, prendido en las ramas, duerme en tus entrañas, el pan y los besos.
Pisé con silencio tus senderos llanos, besé tus espigas, las mojé de llanto, deshojé en tus campos blancas margaritas, y en tu sol dorado abrasé mi vida.
¡Quisiera gritar, como si encerrado en cárcel de acero esta ausencia fuera, y arañando fuerte mis viejos recuerdos, llorar con mi frente pegada a tu tierra.
Caminante abstracto, sin sendero fijo, desdeñando bienes y finos prestigios, yo añoro tus rudos y pardos senderos, tus paredes blancas, tus rejas de acero.
Del viento, en otoño, percibo tu aliento, de la primavera, tu olor a romero; y, al soñar, parece que abrasan mi carne esos rayos rojos de tu sol que arde.
¡Soñar caminando... qué hermoso camino! ¡Qué largos senderos el tuyo y el mío! Mis huellas se cubren de lodo, en el tiempo, y el tiempo ensanchando tu camino abierto.
Pequé: voy pidiendo perdón dolorido. Pequé porque tengo locura de amante, y mi alma contrita no atiende al olvido... se arrepiente, llora... y cae al instante.
¿Porque yo te quiera voy a condenarme? ¿Porque no te olvido podrían juzgarme? Amor, siempre ha sido grandeza del alma, me dio un alma grande mi amor a La Mancha.
¿Por qué estás callando, dime? ¿Por qué tú no hablas de mi tierra? ¿Por qué no enteras al mundo lo que en tus entrañas cierras?... Vives tendida y callada durmiendo tu larga siesta, soñando con aventuras, llorando con la quimera de aquel caballero andante que de una pluma naciera. ¿Por qué mi Mancha no gritas? ¿Por qué tú no te rebelas? Si eres madre, la que pare cada año cien bodegas. Si de tu vientre bendito nacen hermosas cosechas. Si germinan en tu entraña olivo, manzano y cepa, los que adornan tu hermosura como aureola de estrellas. ¿Por qué no presumes, dime? si eres casta, hidalga y nueva. ¿Por qué estás acurrucada con tus ilusiones viejas?... ¡Mira con orgullo, mira lo que diste en tu tarea!... Hombres curtidos y recios que hoy encorvados pasean por nuestros pueblos sencillos cual monumentos de piedra. A mí me gustan, me gustan porque soy hija manchega, porque nací del sudor en tus agostadas tierras. Y sueño en la reciedumbre de aquellos surcos de reja y en manos encallecidas en arados y manceras, en esos locos quijotes y en hermosas dulcineas. Y tú estás callando, mira, como tu nombre flamea en los más sabios renglones que de libros se escribiera. Parece que estás soñando, con mirada lastimera contemplas que ya no pisa tu vientre la mula vieja. No importa. Todo es así. Se cambió el pan y la avena, las azadas y el rastrillo, los carros y las galeras. Están cambiando tu faz con la mecánica nueva, tú ya no vistes de harapos ni collares de cadena... Hoy retumban los motores que van surcando tu tierra y los hombres que te visten de trigo en la sementera, se encaraman orgullosos como con traje de fiesta. No pareces la que fuiste aunque a mí me cause pena, cuando no veo al gañán con la yunta y la collera. Pero confiemos, firmes, en la sangre de esta tierra, que nada podrá arrancar nuestras costumbres añejas, que huele a oasis, a paz, el trigo y paja en la era. El canto de la chicharra, el runruneo de siestas, el anochecer romántico en las tardes veraniegas. El sonar de las campanas desde nuestra vieja iglesia, el rosario,la tertulia, niños que a la ronda juegan y el paso lento y callado del pastor con las ovejas. Tú siempre, Mancha, tendrás olor a queso y a siembras, a vino, a pan, a matanzas, vendimia, azafrán y siega. A hombres quemados, valientes como el de Quijano era, que apretándose a la lanza con molinos hacía guerra. Y aquel Sancho que bebía vino de tus buenas cepas.
Al volver de un camino, tremendamente largo, con las tierras resecas y todo ya segado. Las flores son las sombras de pétalos dormidos, las espigas el llanto de un sol adormecido.
Hoy vengo a ver al hombre que tanto me quería, el que nunca de mí su mirada ha apartado, El que a mi oído triste susurraba un suspiro y, con frases divinas, me apartó del pecado.
Hoy vengo a ver al hombre que, en su frente, tenía una diadema ruda prendida como un clavo. Su cuerpo descarnado, como un sarmiento seco sus pies lacios y fríos, cual púrpura morada.
Hoy vengo a ver al hombre que tanto me quería y he mirado sus ojos de fiel enamorado. Y no pude decirle que yo también le quiero pues, un nudo de angustia mis labios ha sellado.
Hoy vengo a ver al hombre que sus brazos me abría, he mirado su pecho, que aún sigue desgarrado. Una lágrima he visto correr por sus mejillas cuando besarle quise la llaga en su costado.
Me aparté de repente de ese cuerpo bendito al ver, con amargura, que seguía clavado. No curaron las ciencias su herida ni su grito. nadie bajó esos brazos que tendrá tan cansados.
Coger quise su cuerpo como un niño dormido y un almohadón de estrellas hacer en mi regazo. Quise curar su herida con besos de ternura, quise lavar sus ojos con bálsamo sagrado.
Hoy vuelvo a ver al hombre que a este pueblo vigila, que, firme, en esa cruz nos cubre con su abrazo que una llama de fuego desprende su figura y el amor que nos tiene traspasa como el rayo.
Hoy he visto a ese hombre y "Cristo" le decimos, y "Cristo" en la desgracia a gritos le llamamos. Y una antorcha encendida son nuestros corazones cuando entonamos juntos a "Cristo" nuestros cantos.
Lo abandoné, buscando entre las sombras luz que ansiaba en sueños juveniles y, lenta, caminé sendas que asombran y, en extraños, busqué lo no posible.
Ya, fuera de mi hogar, tarde de luz iluminan mi frente muy cansada ilusiones y sueños ya perdidos, voy buscando la sombra de mi casa.
Ya arrugada mi frente, el alma rota que recibió, en la ausencia, la pedrada, de mirar hacia atrás y ver la vida que abandoné, por sueños de ignorancia.
Reclino el cuerpo cansado y ya marchito en el tronco de la encina solitaria y su sombra, podrida y lacrimosa, me socorre caricias con sus ramas.
¡Es volver a la vida! Oigo el eco y percibo la apetecida calma, el tronco amigo, la tierra que me viera nacer hoy me recibe con el rumor del agua.
Mi vida se agostó por los caminos que dejan huella translúcida en el alma y ahora quiero, desnuda de ilusiones, morir por los caminos de mi infancia.
Silencio, frío, suspiros, melancolías. ¡Ay, tiempos que perdidos, no olvidados, aún en mi cerebro siento!
Noches oscuras; desierta luna en el valle que quise alcanzar corriendo. yo volveré, seré niña y jugaré con tus espigas mordiendo.
Llegaré despacio, triste, tan triste como un recuerdo. Me colgaré de tu luna, me bañaré de tu viento, humedeceré de llanto, ¡ay, tierra! tantos recuerdos.
Iré a dejar, en el fondo de tus entrañas, un verso, un pétalo ya marchito de rosas que en ti nacieron.
Escarbaré con mis uñas tus raíces y estos dedos volverán a ser el polvo que un día llevará el viento.
De rodillas, descalza el alma de tanto zapato prieto, correré como una hoja perdida por el desierto.
Rezaré y mi alma desnuda se bañará del incienso que humea por las rendijas de tus gratos sentimientos.
Y después caeré rendida bajo la luna y tu cielo siendo, para esta miseria de carne, mortaja y velo que cubra, como una nube, mi corazón en silencio.
No sé si volveré, tierra querida, mirar tus paredes rojiblancas. no sé si volveré por tus veredas volveré cruzando tus llamadas.
No sé si volveré con alegría estrujando el pañuelo de mis lágrimas; volveré con la frente muy serena o, tal vez, con la mente atribulada.
Volveré con el cuerpo ya marchito en la gran opulencia de la savia si mis pies pisaran por tus caminos tus aires cruzaré con blacas alas.
Yo te pido, si no vuelvo, que busques, que me llames en las noches solitarias; que me arranques si me cogen las sirenas, de los fondos de los mares, y sus aguas.
Grítame por los bosques intrincados, por las selvas donde el aire tanto brama, por los prados donde corre el arroyuelo, por los montes donde cantan las cigarras.
Búscame en las espigas del camino como a un pajarillo entre las ramas; búscame en las arenas del desierto en el centro solitario de la nada.
Echa al aire el rodar de tus molinos, haz sonar el quijote con su lanza; mándame al buen Sancho con tu aviso y yo iré a comer en tus posadas.
Si, al pisar los zarzales de la vida, ves mis pies que, de heridas, se desangran, lávalos con el vino de tu bota y húndelos en el polvo de tu paja.
Si adivinas que mis ojos han perdido ese brillo que en tus brazos vislumbraban, úngelos en el agua de tus ríos, de ese río que se pierde, el Guadiana.
Cógeme, si tú ves que se ha quemado de mi cuerpo la juventud lozana. Llévame al frescor de tus lagunas: Redondilla, la Del Rey o la Colgada.
Déjame, respirando en esa orilla, donde crecen los romeros y las dalias y, soñando, al perfume de su brisa volveré a ser feliz ¡mi tierra amada!
A los pies de estas verdes montañas salpicadas con rayos de luna, bajo un manto cubierto de estrellas que reflejan las bellas lagunas.
Yo quisiera cantar un poema, el más bello que plasme mi pluma pero, amor y belleza me arranca Esta noche, que es todo hermosura
Se respira el olor a romero, el tomillo esta noche perfuma y se mueven las ramas del pino, donde duerme la alondra desnuda.
Sopla el aire cargado de sueños y, en la casa, con suave dulzura va dejando perfume de amores el silencio, en la dulce penumbra.
Ya las sombras se duermen serenas, ya el silencio es anillo de cuna, y un gemir misterioso se escucha en las entrañas de la tierra profunda.
Es lamento o quejido lloroso, es un llanto con lágrima pura recordando, quizá, de aquel tiempo que esta tierra se abría desnuda.
Hoy se sienten aisladas y solas, prisioneras de aceros y puntas, y por eso se escucha en la noche el gemir misterioso de estas bellas lagunas.
Ellas, que abren su amor a los hombres, que en sus aguas los niños disfrutan, que recogen palabras de amores y las bañan en noches de luna.
Ellas brindan descanso a los ojos muy cansados de noches impuras, y que el alma se siente embriagada en su inmenso cariz de ternura.
Han llegado, al correr de los tiempos, a esta triste prisión que le anuda, y sus aguas palpitan de pena, y un gemir misterioso en la noche se escucha.
¿Por qué al campo le ponen barreras? ¿Por qué enclaustran así las lagunas? ¿Por qué quieren aislar estas aguas, apretando sus bellas figuras?...
¡No pongamos cadena a las flores! ¡No pongamos barrera a la Luna!, pues si atamos así los amores nacerá incomprensiones y dudas.
Pues, sabed que es muy triste escuchar, en las noches muy claras de luna, el gemir misterioso y callado, en su cárcel sombría y oscura, donde saltan aisladas de aceros nuestras bellas y tristes lagunas.
¡Qué cuide Dios la espiga y el sembrado, qué florezca la vid y el limonero, y ese trigo ya esté multiplicando cuando crezcan y florezcan los romeros!
Ve limpiando ya la troge, campesino, ve quitando ya los cardos de la era, ve lavando los costales amarillos y engrasando de los ejes en galera.
¡Cuánto callo endurecido se ha formado en tus manos requemadas y navieras, cómo huelen a sudor, a sol y a frío, y tu frente envejecida, es una queja que, a los vientos castellanos, se levantan con silencio, con amor y con pobreza!
Yo canto a la montaña y canto a la llanura, al cauce de los ríos, al silencio, a la noche, a la esperanza, al olvido.
Al prado que se seca o al atardecer frío, a las gotas de agua que caen como rocío.
A la nube, a la estrella, al viento, a los olivos.
Y a ese niño que llora, huérfano de cariño, con el dedo en la boca, reseco y aterido.
Me gustan los espacios abiertos y tendidos, las grandes poblaciones, los pobres caseríos... las ovejas que balan, las tierras que dan trigo; el aire que, graznando, levanta remolinos.
Me gusta la paloma que prepara su nido; la paja, el barro, el rumbo del arroyo perdido; y esa pobre amapola que crece en el olvido besando las espigas, muriendo en el estío.
Los bosques intrincados, el mar embravecido, los campos de La Mancha, llanto o canto de niño, suspiros de mayores, pedestal de molinos.
El labrador, la siega, la azada y el suspiro de la moza que canta, sacando de la rosa del azafrán, el hilo...
¡Pero a mí de La Mancha me gustan los molinos! El esqueleto humano del Quijote adivino que, en lucha con gigantes, su lanza coge, altivo.
De Sancho, su pollino, su bota, sus pisadas, sus sabias picarescas, su pan y su tocino.
¡Y más que nada, a mí, me gustan los molinos! Sus aspas gigantescas, sus blancos laberintos y el perfume embriagante de pajas y de trigo;
El sol dorado, bronce de horizontes perdidos. ¡Y más que nada, a mi, me gustan los molinos!
Dulcineas, Cervantes, Quijotes y Sanchitos. Las mujeres afables, repletas de cariño, de corazón y alma, con pureza de armiño. El hombre inteligente, el intrépido, atrevido, y aquél tan bonachón, con traje de otro siglo. Su gorra, su navaja, su alforja con su atillo, que huele a majestad de alimento sencillo. Sus almas desplegadas al centro del olvido, donde sólo dan vueltas las aspas del molino.
Señor,... soy polvo, una brizna brotada en tu camino, soy una gota de agua, un silencio... una lágrima seca, un suspiro...
Soy, Señor, una pisada, una huella perdida, soy un beso. Un beso que quedó sobre tu carne, un clavo de tu Cruz, un sentimiento.
Pero soy, Señor, soy, de tu campo un grano de trigo; de tu huerto, pequeña mata de albahaca; de tu camino, una piedra, una sombra, una rendija por donde mira el recuerdo.
¡Señor, yo quiero que sepas que soy fruto de tu huerto... que nació y se hizo maduro sobre tus ramas!
Mi cuerpo lleva en sus venas sangre de un Cristo sereno. Pero, Señor, ¡ay, qué tristes, qué tristes son los recuerdos!
Si soy polvo, volveré sobre el polvo de tu viento, y me perderé en tu día por el espacio y el tiempo; porque se abre en el camino de mi sentir, un misterio.
En el día de tu fiesta, ¡ay, Cristo, cómo te siento...! ¡Cómo me duele la ausencia! ¡Cómo se añora el regreso!
Señor, no olvides que soy fruto criado en tu huerto, polvo que arrastra la vida, piedra rodada... silencio, dolor porque hoy yo no pongo sobre tu costado un beso.
Y me duele la distancia, se me ha enroscado en el cuerpo; paralítica, mi alma va troceando el recuerdo.
"Llevarlo quiero...” dice la copla que canta, en tu procesión, mi pueblo.
"¡Hasta la muerte, mi Cristo, llevarte conmigo quiero!"...
Cuando volví ya no existía nada apenas nada de lo que dejé.
¿Quién hay por este pueblo?... No responden. A llamar por caridad me he atrevido. ¿Dónde estás, compañero tan querido, que mi fuerte aldabonazo no te asombre?
¿Acaso ya, en mi ausencia, se ha perdido aquel sentir sencillo que dejara...? Esperaba ver las hoces y el rastrillo colgados del portón, en una aldaba.
Ni el ladrido del perro ha respondido a mi pobre llamada lastimera. ¡Con qué afán a estas puertas he corrido para ver las hacinas en la era!
He cruzado por valles y montañas, fatigosa me enredé por las arenas, he corrido para ver lo que dejara aquel día de ilusión y de quimera.
¡Respondedme, por amor, amigos míos! ¿Dónde está, de la mula, la collera? ¿Dónde está la tozada y el martillo, los ramales, los pesebres y galeras?
¿Dónde está aquella yunta percherona enganchada con aperos de faena, que comía, con la paja y la cebada, el sudor del gañán que cuidó de ella?
Ya no se oyen ni los cantos de los yunques al chocar del martillo con la reja, ni el cantar de los mozos que volvían de aguzar, en la fragua, sus faenas.
Ya no huele a la paja requemada ni se escapa la pavesa en chimenea, aquel humo que abatía por las calles quemarse las astillas y las cepas.
¿Qué ha pasado de aquel hombre retostado que vestía de percal, pana y franela? Que calzaba con abarcas y peales y cantaba por la noche a las doncellas?
¿Dónde está el ejemplar hombre maduro que adornaba con su gorra la cabeza, que filmaba de petaca su tabaco, picadura con olor a hierbabuena?
El que, en medio del invierno, no temblaba y a los pájaros contábale sus penas, que debajo de una encina sesteaba con sus miembros fatigados de rudeza.
A las puertas de este pueblo estoy llorando, estallándome un dolor en la cabeza mas... ¿qué haré? seguir llorando para hundirme y abrazarme con la tierra.
En dos árboles gigantes he colgado mis pesares, mis deseos y mis quejas y, mirando despejado el horizonte, dormiré dando cara a las estrellas.
¡Eterna soledad del campo llano! Tú bien sabes que por ti van mis querellas. Dejaré la ciudad y, en tu regazo, disfrutaré mil horas de una ausencia.
Encima de la loma está cantando, más sencillo y más rudo que la sierra, el pastor solitario y demudero que vigila, sesteando, a sus ovejas.
Con un brillo de mieses destiladas va la luz de los campos a la era. Con la paz de una filente que derrama por sus chorros, la frescura y la pureza.
Aquí me quedaré serenamente, bañándome con polvo entre las piedras, hablando con el sol y con los vientos, comiendo margaritas con estrellas.
Abrazada a estos prados revestidos de esa verde y estática pureza, escuchando de los grillos la sonata y peinándome los vientos la cabe
Pisaré como mística avecilla, picaré dando saltos en las cepas, vestiré las espigas con mis manos y hablaré con chicharras y culebras.
Les diré con sentir y con nostalgia, de esos tiempos, cuando el hombre fue la tierra que, arrastrando, se llevaba en el arado las retamas, las ortigas y las penas.